SALUDO
“Gloria a Dios en el cielo y en la tierra PAZ a los hombres que ama el Señor†(Lc. 2, 14) Con estas palabras de alabanza y cántico de los ángeles en la gruta de Belén, ofrezco mi saludo de felicitación a todos los miembros de la querida familia diocesana. ¡Que el PrÃncipe de la paz, el Reconciliador, el que vino a derribar los muros de la separación y de la enemistad (Cfr. Ef. 2,14) nazca en esta navidad para nosotros, para nuestras familias y para toda la comunidad diocesana!
NAVIDAD ES NACIMIENTO DE CRISTO, NUESTRA PAZ
La navidad es invitación a acercarnos con sencillez a contemplar el rostro de un NIÑO; es el rostro del Hijo de Dios en carne humana. En su mirada es Dios quien contempla el mundo con ojos de hombre; con su presencia salvadora entre nosotros, los seres humanos manifestamos la alegrÃa de sabernos pacificados con Dios y con nuestros hermanos.
El nacimiento de Jesús es la inauguración de una nueva etapa, la definitiva, en la historia de la salvación. Su entrada al mundo marca el comienza de los tiempo en que se rompen las barreras que dividen y enfrentan a los hombres entre sÃ. En Cristo Jesús ya no hay “griego, ni judÃo, ni libre, ni esclavo, ni hombre ni mujer†(Gal. 2,28) Todos somos uno; El vino a anunciar la paz, Él es nuestra paz.
LA PAZ DE CRISTO ES DON Y TAREA
El proyecto de reconciliación que Dios nos manifestó en Cristo, en estos momentos se ve obstaculizado por un estilo cultural que lleva al hombre a prescindir de Dios en su vida, como si Dios no existiera. La cultura actual impulsa al hombre a elegir los rasgos de Dios que el ser humano decide a su antojo y conveniencia. Dios se convierte asà en hechura del hombre; mientras que el Dios que nos reveló Jesús es relegado como alguien incómodo, que impide la libertad y la autonomÃa humana. No podrá resonar como anuncio gozoso el nacimiento de Cristo en un mundo que considera a Dios como enemigo ye en competencia con el hombre.
No ha logrado la transformación reconciliadora entre nosotros el anuncio de PAZ que nos trae el NIÑO DE BELEN. Como dijimos los obispo mexicanos en nuestra última Asamblea: “nos desgarra la sangre derramada de los que han caÃdo en la confrontación entre bandas, los que han muerto en la lucha contra el crimen organizado y los que han sido ejecutados con crueldad y con una frialdad inhumana…Nos cuestiona, más que la indignación y el coraje natural, lo que empieza a brotar en el corazón de muchos mexicanos: la rabia, el rencor, el deseo de venganza y de justicia de propia manoâ€.
En las presentes circunstancias surge espontáneamente la pregunta: ¿quién nos librará de estas fuerzas de muerte? Sólo el poder salvador que, por gracia, Dios nos ofrece en Jesucristo nuestro Señor. Ante la gravedad de los retos queremos mostrarnos animados por una inquebrantable esperanza cristiana; queremos hacer una pública declaración de confianza en Dios; queremos aparecer irradiando la serena alegrÃa de los verdaderos discÃpulos de Cristo.
Somos hombre de fe que creemos en la fidelidad del Dios de las promesas, por eso vemos con serenidad nuestro futuro. Creemos que el Dios que conduce nuestra historia es el Dios del amor, y el amor es siempre digno de confianza. Quien se siente amado tiene es esperanza en un futuro mejor, porque sabe que el amor es perseverante y su duración no tiene fin.
En la entrada de Cristo al mundo, Dios se ha comprometido con nosotros, pero nos toca a nosotros asumir con responsabilidad la parte que nos corresponde. La solución a nuestros graves problemas de violencia requiere una conversión radical en los criterios de vida, en la forma de pensar, pero sobre todo en la forma de actuar. Nuestros problemas no se superarán “solo con la fuerza que controla e inhibe temporalmente la violencia, pero nunca la supera†(Mensaje Episcopal).
Estamos llamados a la conversión. Es la malicia humana la que esta en la raÃz de nuestros males; en lugar de la fraternidad que Jesús fundó con su palabra y con su ejemplo, sigue prevaleciendo el afán por acumular poder, riqueza y dominio, sin respeto por el ser humano, sin compasión y misericordia por el otro.
No están al servicio de la obra reconciliadora de Cristo quienes ejercen una autoridad que facilita la corrupción y el caos social; quienes permiten la simulación y la injusticia institucionalizada.
De manera especial urge la conversión a quienes han hecho de la droga un Ãdolo que seduce, a los productores, traficantes y comercializadores; Cristo, si creen en Él, les dice: su compartimiento solo siembra destrucción, sufrimiento y muerte. No pude haber razones que justifiquen su comportamiento.
Todos necesitamos vivir las fiestas de Navidad como una oportunidad que nos conduzca a superar los sentimientos de malestar y de frustración que llevan al odio y a la búsqueda de culpables. Es el momento de serenarnos y de buscar, desde la esperanza que nos ofrece Cristo nuestra PAZ, caminos de solución, en lugar de perder el tiempo en inútiles lamentos y en rencores estériles.
CAMINOS HACIA LA NAVIDAD
El acontecimiento litúrgico del nacimiento del Hijo de Dios, debe ser estÃmulo para crecer en una conversión que nos acerque más a Cristo.
• Navidad es tiempo para reconciliarnos con Dios, sobre todo, por medio del sacramento de la Confesión y de la EucaristÃa. • Navidad es ocasión propicia para superar los odios y los enfrentamientos en el ambiente familiar. • Navidad es invitación a comprometernos, con decisión y a la luz del Evangelio, en la superación de toda discriminación social. Es disponibilidad para el trabajo a favor de la reconciliación por la justicia. • Navidad es siempre tiempo de una serena alegrÃa en ambiente de familia, con sobriedad, sin despilfarros ni festejos que degradan la dignidad de la persona.
¡Que la celebración navideña encienda la esperanza de tiempos mejores y nos capacite para vivir como hermanos: reconciliados y artÃfices de una patria mas libre y mas justa!
¡Que esta sea nuestra tarea y este el regalo de Cristo, el PrÃncipe de la Paz.
FELIZ NAVIDAD PARA TODOS
Diciembre del año 2009
+José G. MartÃn Rábago Arzobispo de León
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